______ROSAS DE OTROS JARDINES_____



LAS CUATRO MUCHACHAS DE AUSCHWITZ


Varda Fiszbein



Meguiles Auschwitz es el último libro del profesor e historiador Ber Mark, fallecido en Varsovia en julio de 1966. Gravemente enfermo y, casi ciego, trabajó en esta obra hasta poco antes de morir, porque aunque físicamente estaba muy debilitado, su lucidez y su memoria se mantuvieron vivas hasta el final.
Desde 1965 y, debido a su enfermedad, contó con una ayudante excepcionalmente activa: su esposa Ester. Fue ella quien con la colaboración, entre otras instituciones, de la Federación Internacional de Judíos Polacos, la Unión de Combatientes, Partisanos y Sobrevivientes Judíos del Holocausto, Beit Ha- Tfutzot (Museo de la Diáspora de Tel Aviv) y un comité de expertos, impulsó la edición del libro después de su muerte.
La obra recoge todos los actos de resistencia judía que tuvieron lugar en guetos, campos de trabajo, concentración y exterminio para combatir la barbarie nazi y su título merece una explicación.
La palabra meguiles es la pronunciación ídish del vocablo hebreo meguilat, que da nombre a los rollos bíblicos en la lengua del Antiguo Testamento. Son los que narran hechos trágicos o luctuosos, como por ejemplo El Libro de las Lamentaciones o Meguilat Ester, que relata el intento de aniquilación de la población judía en el Imperio Persa y que se lee en la festividad de Púrim.
Acertado título para una obra sobre el suceso más trágico de la historia del pueblo judío, la Shoá, y acaso uno de los máximos horrores de la historia universal.
Incluye, entre otros varios importantes documentos, manuscritos hallados en Auschwitz protegidos en botellas y enterrados por los prisioneros, como el de Zalmen Gradowski, Leib Langfus o Zalmen Levental. Más tarde, algunos se editaron por separado traducidos a diversas lenguas, como es el caso de la versión en castellano de los manuscritos de Gradowski, publicados en España en el año 2008, por Anthropos Editorial, con el título En el corazón del infierno.
Un punto de inflexión de la mayor importancia es que en Meguiles Auschwitz, Ber Mark fue el primero en poner en cuestión la que durante varias décadas fue una opinión constante y generalizada, acerca de la actitud de la judeidad europea durante el intento
nazi de exterminarla, y que puede resumirse en la frase: «¡Pobrecitos, fueron como ovejas al matadero!»
El contenido de este libro refuta contundentemente dicha idea, ya que en él se recogen las investigaciones de Mark y los testimonios de muchos actores de los hechos que consiguieron sobrevivir, sobre la activa y valerosa resistencia protagonizada por los judíos durante la Segunda Guerra Mundial.
Lo que a continuación se relata ha sido extraído del capítulo 14º de Meguiles Auschwitz, que el autor dedicó a un acto singular de valentía, protagonizado por un grupo de jóvenes mujeres internadas en el campo de exterminio y que acabó con el asesinato de cuatro de ellas. Con estas líneas se pretende rendir homenaje a todos los resistentes y, de manera especial, a ellas: Rosa Robota, Ala Gertner, Ester Waisblum y Regina Sapir, ¡honrada sea siempre su memoria!

La fábrica de armas de Auschwitz

En el lager funcionaba la fábrica Unión, de vital importancia para la maquinaria militar nazi, ya que allí se producían los detonadores para obuses que utilizaba la artillería alemana. Es fácil comprender que estuviera situada en un sector aislado y que las medidas de seguridad con que se custodiaba la zona, así como la guardia que la rodeaba y los controles a los que eran sometidos quienes trabajaban allí, fueran aún más extremos que los que imperaban en el resto del campo.
Hacia el final de la guerra muchas de las fábricas alemanas de armamento ya habían sido destruidas por bombardeos aliados y, por ese motivo, los nazis no tuvieron más remedio que permitir -aprovechando de paso una mano de obra esclava- que trabajaran en algunas de esas industrias prisioneros judíos, pese al riesgo que ello suponía. En el caso de Unión, allí trabajaban en su mayoría mujeres; entre ellas, Ala Gertner, Ester Waisblum y Regina Sapir en el polvorín, así como algunos pocos hombres en otras secciones.
Aunque había emigrado junto a su familia a Bélgica, Ala -al igual que Ester y Regina- procedía de Polonia, y las tres tenían edades comprendidas entre los 18 y los 23 años. Desde el mismo momento de la invasión nazi a ese país, en el año1939, las tres habían sido confinadas en guetos y, entre 1942 y 1943, deportadas a Auschwitz, donde habían pasado por la trágica experiencia de contemplar impotentes cómo a la mayor parte de sus familiares los enviaban a las cámaras de gas.
Rosa Robota, en cambio, trabajaba en el Comando del Vestido, situado en una barraca colindante con la parcela que ocupaba el Crematorio 4, sólo separada de éste por la alambrada de púas. Esta muchacha había nacido en 1921 y procedía del gueto de Ciechanow (Chéjanov). A los 16 años ya era integrante del movimiento sionista de izquierdas, Ha- shomer Ha- tzair, y pertenecía al grupo encargado de las acciones antinazis que operaba en el gueto: uno de los primeros en ser «liquidados» y sus habitantes deportados a Auschwitz.
En noviembre del año 1942 se hallaba sola en el lager, ya que también ella había presenciado cómo sus padres y el resto de su familia, eran «seleccionados» en la propia rampa de acceso para ser gaseados y quemados.
Desde el comando de trabajo al que fue asignada y, debido a la vecindad con el Sonderkommando, trabó contacto con los miembros de la resistencia clandestina del mismo y comenzó una labor que compartía activamente con gente de la fábrica de armas Unión. Una de las tareas consistía en la recogida de noticias radiales y su posterior distribución a todos los prisioneros del campo.
Bruno Baum, testigo, superviviente y más tarde escritor, le confió al historiador Ber Mark: «se acercaron a nuestro grupo, éramos trescientos prisioneros judíos pertenecientes a una organización de resistencia». El grupo mencionado por Baum planeaba una sublevación colectiva en Auschwitz.

«Los judíos están disparando»

En el magnífico poema El canto del pueblo judío asesinado, Itzjok Katzenelson escribió que la frase que titula este apartado fue la que pronunció con la más absoluta incredulidad un guardia de asalto nazi, al oír los primeros disparos de los combatientes del levantamiento del gueto de Varsovia.
En cambio, nadie dejó escritas las palabras que pudieron haber pronunciado los feroces guardianes del mayor campo de exterminio que funcionó durante la Segunda Guerra Mundial, al descubrir lo que sin duda les habrá causado un intenso estupor y un sentimiento rabioso, de bastante mayor intensidad que el que habitualmente sentían hacia los judíos, cuando en el mes de octubre de 1944 se produjo la rebelión del Sonderkommando de Auschwitz- Birkenau.
Lo que sabemos es que fue largamente planeada y que en su organización también participaron prisioneros de otros comandos, entre otros, las cuatro jóvenes a las que se refirió en su testimonio Bruno Baum.
Cuando los miembros del Sonderkommando tomaron la decisión de lanzar su ofensiva y volar los crematorios, además de otros actos -lo que debía servir como señal para el inicio de una sublevación generalizada en el campo-, decidieron pedir ayuda a las muchachas que trabajaban en el polvorín de Unión. La idea era que sustrajeran pólvora para fabricar granadas y bombas, a lo que ellas accedieron después de pensarlo largamente, ya que sabían que se jugaban la vida. Finalmente, la colaboradora de la resistencia Ala Gertner convenció a Regina Sapir y a Ester Waisblum, como también a su hermanita Jánele para hacerlo y, posteriormente, se les unieron Feigue Segal, Mala Wainstein y varias compañeras más.
Empezaron a sustraer pequeñas cantidades de pólvora que ocultaban en las tarteras de su almuerzo, en los nudos de los pañuelos que cubrían sus rapadas cabezas, en los dobladillos de sus uniformes de prisioneras y de otras diversas maneras. Los paquetitos de pólvora los entregaban a Rosa Robota y a Hadasa Zlotnitzka que, a su vez, los pasaban a Godel Zilber también oriundo de Ciejanow, que servía de enlace con uno de los cabecillas de la rebelión del Sonderkommando. En la recogida de la pólvora participaron también, entre otros, Israel Gutman y Yehuda Laufer, todos ellos trabajadores de la fábrica de armas.
Un grupo de prisioneros políticos soviéticos integrados en la red de resistentes y expertos en pirotecnia, se ocupaba de fabricar el material explosivo con la pólvora robada y latas de conserva: bombas y granadas que una vez en manos de la gente del Sonderkommando iban siendo enterradas en diferentes sitios.
Fue con este material con el que, en octubre de 1944, hicieron explotar los crematorios y, después de cortar las alambradas que rodeaban el campo, huyeron. Una empresa imposible, ya que los alrededores del lager estaban profusamente minados y aquellos que evitaron las minas, fueron apresados y asesinados por los nazis.

La investigación

Después de castigar con la muerte a todos los sublevados, la S.S. comenzó a investigar concienzudamente y descubrió fácilmente, por los restos hallados del material explosivo, que la pólvora utilizada en el mismo procedía de la fábrica Unión. Descubrir
a quienes habían intervenido en el robo y, eventualmente, a otros prisioneros implicados en la rebelión se convirtió en una cuestión vital: ¡el propio Himmler se involucró exigiendo resultados inmediatos para aplicar un castigo ejemplar a los culpables!
El golpe había sido fortísimo, sobre todo por la férrea vigilancia y las revisiones a las que, como ya se ha dicho, se sometía a los trabajadores a la entrada y a la salida de las instalaciones de la fábrica.
Dos días después de los hechos, el 9 de octubre de 1944, miembros de la división política de las S.S. arrestaron a tres mujeres: Ala Gertner, Regina Sapir y Ester Waisblum. Pero debido a que en aquel momento los investigadores no sabían a ciencia cierta cuál era la responsabilidad que tenían, ni sus enlaces con otros comandos -además de que, pese a las salvajes torturas que les fueron inflingidas, las tres muchachas se mantuvieron firmes y no consiguieron de ellas ninguna confesión ni que acusaran a nadie-, no tuvieron más remedio que liberarlas al cabo de unos días y devolverlas a sus puestos de trabajo.
Sin embargo, como es obvio y ellas mismas sabían, lo hicieron con la intención de vigilarlas estrechamente y controlar sus movimientos para ver con quiénes se relacionaban.
La división política de las S.S. utilizó la estrategia de enviar a trabajar a la fábrica a uno de sus colaboradores; un prisionero que había pertenecido al Partido Comunista, hijo de un matrimonio mixto judeo- católico, llegado al lager con el transporte eslovaco. Se llamaba Eiguen Koj y contó con la ayuda de otro colaborador al que en los testimonios se menciona únicamente por su apellido: Schultz.
Algunas testigos sobrevivientes dicen que es posible que Ala Gertner, con quien Koj «trabó amistad», pudo haberle confiado algo acerca de su colaboración en el contrabando de pólvora, mientras que otros sostienen que los nazis interceptaron un mensaje de advertencia que, al sentirse vigilada, habría escrito esta muchacha a una compañera, recomendándole que tuviera cuidado. Quizá haya ocurrido eso o que Koj y Schultz sencillamente sospecharon que Ala había estado involucrada.
Lo cierto es que volvieron a arrestarla y, al parecer, no pudo soportar los atroces suplicios y acabó confesando a sus torturadores algunos nombres, lo que implicó el arresto de otras tres jóvenes.
No obstante, también acerca de esta cuestión hay testigos que sostienen que no fue eso lo que ocurrió; en su opinión, el segundo arresto de las muchachas se debió a la delación de una trabajadora de la fábrica, cuya identidad se desconoce hasta hoy. La razón que
ofrecen es que la presunta delatora fue rápidamente trasladada a otro comando, cuyas condiciones de trabajo eran sensiblemente mejores que las de la fábrica de armas.
En cualquier caso, Ala, Regina y Ester volvieron a ser encarceladas y esta vez también Rosa Robota. Las cuatro fueron confinadas en el bunker del tristemente célebre bloque 11º de Auschwitz 1, la cárcel del campo.
Ninguna de las cuatro, torturadas durante aproximadamente un mes, mediante los más refinados métodos que imaginarse pueda, delató a nadie y aunque sus compañeros conocían las siniestras condiciones que sufrían las prisioneras, poco o nada podían hacer para aliviarla.
Finalmente, decidieron apelar a la compasión del kapo del bunker del bloque- cárcel mencionado, Yankl Koszeltchik, que se conmovió y aceptó hacerles llegar un paquete de comida y algo de ropa limpia. Poco después volvió a mostrarse solidario cuando, fracasados los intentos de sobornar a los S.S., le pidieron ayuda para que un representante de los resistentes de Ciechanow pudiera ver a Rosa.
Koszeltchik dejó entrar a Noaj Zabludovitch, que llevó consigo una botella de aguardiente, y lo presentó al S.S. que hacía la guardia nocturna en la cárcel como «un buen amigo suyo». Los dos hombres consiguieron emborrachar al vigilante y, cuando se quedó dormido, el kapo condujo hasta la celda donde se hallaba Rosa Robota a Zabludovitch, que casi no pudo reconocer a su conciudadana y compañera.
Estaba gravemente herida y su rostro desfigurado por los golpes, tenía destrozado el cuerpo pero mantenía muy alta la moral. Rechazó las palabras de consuelo y se condujo con total normalidad, no albergaba sentimientos autocompasivos y aceptaba su suerte sin el más mínimo dramatismo, plena de lucidez y fe en su causa. Se despidió de Noaj diciéndole: «Sé muy bien lo que hice y también sé lo que me espera, que los compañeros sigan trabajando».
En cuanto a los sufrimientos que padecieron las otras tres muchachas no hay testimonios, ya que nadie pudo verlas ni hablar con ellas, aunque se sabe que también fueron duramente castigadas.

La ejecución

Trabajadoras de la fábrica Unión, que sobrevivieron a la Shoá, relataron a Ber Mark que durante las cuatro semanas de continuas torturas a las jóvenes, la atmósfera general en el lager y, sobre todo, en la fábrica se percibía «electrizada».
Sabían, dijeron, «que si ellas no soportaban sus tormentos, estaríamos muchas de nosotras en su misma situación, tan pronto como los nazis consiguieran arrancarles una confesión, nombres, datos...».
¡Pero aguantaron! No dieron nombres ni denunciaron la existencia del movimiento de resistencia clandestino del campo, así como tampoco sus conexiones con el exterior. Y las cuatro se enfrentaron valerosamente a la muerte.
Ala Gertner y Rosa Robota fueron ahorcadas en la madrugada del 6 de enero; los nazis obligaron a presenciar su ejecución a todas las trabajadoras de la fábrica del turno de noche. A las que cumplían el turno de la mañana las hicieron salir dos horas antes para que, en este caso, presenciaran el asesinato de Ester y Regina.
Según la sobreviviente Feigue Segal (de casada Finkelstein), cuyo testimonio escrito se reproduce en Meguiles Auschwitz, «para entonces, Ala y Rosa ya no estaban entre los vivos (...) Cerraron todas las puertas para que nadie pudiera huir y ocultarse en las barracas y nos obligaron a estar presentes mientras ahorcaban a las otras dos chicas, había un silencio de muerte, ni un susurro se oía pese a que allí había cientos de mujeres reunidas.
«Las cabezas erguidas, orgullosas, caminaban hacia la horca Ester y Regina (...) un grito estremecedor, como el de una fiera herida cortó el aire en el momento en que elevaron la cuerda. Era Handke, la hermana pequeña de Ester, que sólo tenía 16 años».
Ala, Rosa, Ester y Regina fueron ahorcadas entre el 5 y el 6 de enero de 1945.
Ese mismo mes, ante el avance de las tropas soviéticas, los nazis huyeron desesperados, conduciendo prácticamente a la totalidad de los 58.000 prisioneros de Auschwitz a una «marcha de la muerte», rumbo a Alemania. A la mayoría de ellos los asesinaron o murieron por la penuria, el hambre y el frío, durante el trayecto.
El ejército soviético llegó al lager el 27 de enero y liberó a los que permanecieron allí; sólo quedaban 7.650 prisioneros, que estaban al borde de la muerte.
Las cuatro muchachas habían sido ahorcadas exactamente 21 días antes.
Lialia Gutman, testigo que presenció uno de los ahorcamientos y que habló con Mark ya casada, con el apellido Szanovska, declaró coincidiendo con otros testimonios: «Nunca olvidaré su valiente y orgullosa conducta, sus erguidas cabezas. Yo oí su último mensaje: Zemsta!»
La palabra polaca que oyó Lialia, la que gritó con sus últimas fuerzas una de las muchachas, antes de morir, fue: ¡Venganza!


Breve biografía de Ber Mark

Nació en Lomdsza, Polonia, en 1908, en el seno de una familia perteneciente a la Haskalá (el movimiento judío de la Ilustración). Recibió educación judía tradicional y a la vez también formación laica.
En 1927 se estableció en Varsovia, donde estudió Jurisprudencia; se diplomó en 1932 y continuó estudiando Historia y Sociología.
Trabajó durante un breve periodo en un despacho de abogados, pero debió abandonarlo debido a sus ideas izquierdistas y a su vinculación con el Partido de los Trabajadores. Se dedicó entonces a la enseñanza en la escuela judía Yesod Torá (Fundamento de la Torá), lo que a duras penas le permitía subsistir.
Durante la década de 1930 comenzó a trabajar como crítico literario y llegó a tener una gran influencia, sobre todo entre los jóvenes escritores en lengua ídish. Colaboró con las más destacadas publicaciones editadas en la época en dicha lengua, tales como Literarische Tribune (Tribuna literaria) en la que desempeñó funciones de secretario de redacción, fue codirector del diario Fraind (El amigo) y también -con diversos seudónimos- escribió para Literarische Bleter (Páginas literarias) y Moment (Momento).
Además, en la misma época, comenzó a escribir sobre temas históricos, como por ejemplo, la historia de los movimientos sociales y los partidos obreros de Polonia. Entre 1938 y 1939 publicó un libro en dos tomos titulado (en traducción literal, ya que no hay versión en castellano) Historia de los movimientos sociales en Polonia.
En 1939, a raíz de la invasión nazi, se trasladó a la Unión Soviética y hasta 1941 vivió en Byalistock, donde colaboró con el Bialystocker Shtern (La estrella de Byalistock), y en 1940 fue nombrado, en Minsk, miembro de la Academia de Ciencias de Rusia Blanca.
Colaboró con diversas organizaciones y comités antinazis y antifascistas de varias ciudades, entre ellas, Moscú.
Fue precisamente allí donde comenzó su trabajo sobre el movimiento de la resistencia judía durante la Segunda Guerra mundial, que volcó en el opúsculo El levantamiento del gueto de Varsovia (escrito en polaco). Más tarde, profundizó y amplió dicho estudio, que fue publicado en Polonia, en el año 1946.
Sobre el mismo tema dio a conocer otros trabajos tales como Las ruinas relatan..., (Lodz, 1947) o El levantamiento del gueto de Byalistock, (Varsovia, 1950). Hasta 1963 continuó publicando un buen número de obras, parte de las cuales fueron traducidas al portugués, español, francés, alemán, inglés, holandés, rumano, húngaro y hebreo.
Uno de sus grandes proyectos -del cual sólo alcanzó a publicar la primera parte (hasta el siglo XV)-, fue escribir una completa historia de los judíos en Polonia. También se ocupó de la literatura en ídish: en esta materia editó, con introducción, notas y estudios suyos, la obra de Y. L. Pérets en polaco (Bratslav, 1958), o El violinista del gueto (1965), en alemán.
Perteneció a comités, clubes literarios e instituciones de estudios históricos judíos de su país natal, en los que tuvo varios cargos de responsabilidad. En 1963 pasó a ser miembro de la Academia de Historia de Polonia. Escribió multitud de artículos y dictó numerosas conferencias, todas ellas muy concurridas, ya que fue un destacado orador de singular elocuencia.
Sería imposible mencionar aquí todas sus publicaciones, más de cuarenta libros y trabajos enciclopédicos, reseñas, críticas y artículos sobre temas literarios. Se cuentan aproximadamente ochocientas menciones sobre trabajos suyos en enciclopedias y diccionarios temáticos.
En 1946 fue elegido presidente de la Asociación de Escritores y Periodistas Judíos de Polonia y por esa época sus escritos se multiplicaron; en 1949 asumió la dirección del Instituto de Historia Judía de Varsovia, a la vez que dirigía y publicaba artículos en Hojas de Historia (en ídish) y en el Boletín del Instituto de Historia Judía (en polaco), ambos órganos oficiales de la mencionada institución, la primera en editar los diversos manuscritos hallados en Auschwitz.
Desde su incorporación a la sección de Historia de la Academia de Ciencias de Polonia, estableció relaciones con institutos de investigación histórica, tanto judíos como no judíos, de varios países y eso le permitió asistir y exponer en diversos congresos. Mantuvo una estrecha colaboración con los institutos de Israel y de Francia y en 1957 participó activamente de la organización del Segundo Congreso Mundial Judío de Ciencia, celebrado en Jerusalén.
Ber Mark no fue sólo un académico, estudioso y científico, sino también un fiel guardián de la historia y un apasionado activista que se interesó y publicó estudios sobre hechos de interés social, político y cultural.
Murió tempranamente, a los 58 años, dejando sin terminar varios trabajos, como la ya citada Historia de los judíos en Polonia y la historia del movimiento de la resistencia judía en los países europeos durante la Segunda Guerra Mundial, obra que acabó su esposa siguiendo instrucciones de Mark, y se publicó póstumamente en Tel Aviv, en 1967, con el título que había decidido el autor, Meguiles Auschwitz.

Este artículo fue publicado originalmente por la autora en el nº 81 de la Revista Raíces, publicada en España por LIBROS DE SEFARAD, S.L.

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